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diumenge, 10 maig 2020

Un mundo nuevo, pero libre!

La vida siempre se reanuda después de un desastre, quizá con otra flora y con otra fauna, pero se reprende. Los que sobreviven lloran a los muertos, pero sobreviven, y tienen el deber de hacerlo, de procurar aprender de la experiencia vivida y de promover una sociedad mejor. Además, la buena noticia es que de entre todos los seres vivos, la resiliencia y la capacidad de adaptación de los humanos destacan especialmente. Como nos muestran con nitidez las lecciones de la historia, las grandes crisis extraordinarias y extremas son el momento propicio para acelerar procesos históricos, que fuera de contextos de guerra o de grandes desastres naturales costarían décadas de consensuar y de implementar. Lo recuerda el octogenario neurólogo y psiquiatra Boris Cyrulnik en su último libro,Escribí soles de noche , justo ahora traducido por Gedisa: después de la peste negra de 1348, ciertamente murió la mitad de la población, tan verdad como que la escasez de mano de obra tocó de muerte definitivamente la servidumbre feudal y convirtió a muchos payeses vinculados a la tierra en hombres libres. También la II Guerra Mundial fue apocalíptica y disruptiva: entre 55 y 60 millones de muertos, militares y civiles, de todo el planeta. Tan cierto como que de aquella experiencia buena parte de Occidente salió con un nuevo sistema de seguridad social y de pensiones, universal, del todo inalcanzable políticamente antes de la guerra. ¡Pero cuidado! Porque así como las circunstancias extremas precipitan innovaciones y reformas, en estos periodos de transición también se acostumbran a suspender y lesionar temporalmente derechos y libertades fundamentales. Por razones de seguridad admitimos restricciones en la movilidad, el derecho de reunión, intervenciones sobre los precios, la propiedad o la propia intimidad. En nombre del bien común, que por cierto siempre tiene voces voluntariosas dispuestas a representarlo, algunos incluso creen necesario limitar la crítica al Gobierno y la discrepancia política. Son tiempos para estar unidos, dice siempre el papanatas oficialista de turno, incómodo con los heterodoxos y los críticos de los que le pagan.

 

En estas circunstancias extremas y disruptivas es cuando los ciudadanos tenemos que estar más alerta y exigir ser tratados como adultos. Porque, como advierte lúcidamente Yuval Noah Harari, muchas de las restricciones a las libertades civiles que se adoptan teóricamente de forma temporal, a menudo, como se ha demostrado en Israel, vienen para quedarse y, además, como el monstruo de Frankenstein, en general acaban escapando al control de sus creadores. Que el Gobierno reconozca sin ambages que una unidad de la policía monitoriza el comportamiento de la ciudadanía en las redes sociales para evitar noticias falsas que generen alarma social es tan loable como inquietante. Porque como admiten sus portavoces castrenses, siempre menos dotados para la retórica matizada que los políticos, la línea que separa la persecución del mentiroso y del difamador de la que denuncia a heterodoxos y disidentes es muy fina. No menos preocupante tienen que resultar las ideas de algunos de nuestros gobernantes catalanes, hasta hace muy poco abanderados de nuevas libertades colectivas, por cierto, y que ahora se nos muestran entusiasmados con la posibilidad de implementar a golpe de decreto los nuevos avances de la tecnología de la vigilancia, ya sean cámaras de reconocimiento facial, controles sistemáticos de la temperatura, carnets sanitarios o medidas de geolocalización de infectados, con aplicaciones telefónicas tan inofensivas como las que advierten a la policía y a los propios ciudadanos de si se nos acerca un apestado , o de cuál ha sido su última agenda relacional.

Una ciudadanía madura y responsable tiene que plantar cara a las ocurrencias de estos nuevos aprendices de ingeniería social. Porque si la tentación totalitaria siempre ha estado presente en las sociedades modernas, con la revolución tecnológica experimentada estos últimos años es más peligrosa que nunca. Una verdadera caja de Pandora. En una democracia de calidad, dejémoslo claro, como nos está enseñando Suecia, nunca la apelación al bien común, a la seguridad ni a la salud pública tendrían que justificar un daño tan grande a derechos fundamentales. Porque durante este año, ciertamente habremos vivido una verdadera crisis disruptiva, quizá el final de toda una época, que tiene que ser vivida como la oportunidad de construir un mundo nuevo. Podemos protagonizar un nuevo momento fundacional a escala planetaria, con la recuperación del valor de la amistad, de la familia y de la comunidad; con una nueva conciliación de la vida laboral y personal, con teletrabajo y reparto del trabajo; con renta básica universal y con la erradicación del consumismo. Tenemos que hacer todo eso e imaginar, por qué no, que podemos ganar, por fin, la batalla de la inmortalidad, que ni un solo hombre se morirá nunca más de viejo, de enfermedad o de hambre. Tenemos que hacer estas cosas y las que todavía no sabemos ni imaginar, pero las tenemos que hacer con una ciudadanía libre, implacable con los nuevos enemigos de la democracia, que de hecho son los de siempre.