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dilluns, 1 octubre 2018

Titulitis

La vida está llena de personajes famosos y desconocidos que, con su testimonio, nos dan verdaderas lecciones de aquello que denominamos el arte o el oficio de vivir. A propósito de la última bronca política sobre la formación de nuestros gobernantes o, mucho peor, sobre la manipulación de sus currículums, pienso en la cantidad de profesionales, artistas y ciudadanos de todo tipo que, al margen de sus logros académicos han conseguido aquello que se llama… éxito. De todos son conocidos los casos de Salvador Dalí o de Erik Satie, por poner sólo dos ejemplos de personajes hoy inmortales y que en su momento fueron expulsados de la academia o que, aburridos, acabaron dejando los estudios. En un sentido diferente, pero también útil para desenmascarar determinadas ortodoxias, me viene a la cabeza el caso de un amigo mío de los tiempos de infancia, Germà Baig, de adolescente todo un rebelde inconformista, extremadamente inteligente pero mal estudiante. Su expediente era tan discreto que cuando cumplió 14 años uno de los maestros de la época le recomendó que dejara de estudiar y que se fuera a trabajar a la obra, con su padre. Hoy, Baig es un eminente médico forense y asistencial. ¡Ah!, y cuando estudió medicina cultivó más matrículas de honor que ita­lianos hay en Formentera. Ni Satie, ni Dalí, ni tantos otros ciudadanos que nos resultan anónimos contaron con el estímulo académico para triunfar profesionalmente o como artistas y, en cambio, han llegado a los hitos más altos de la auto­rrea­lización personal. ¡Y es que en este mundo lo importante no es qué eres, sino quién eres!

Si eso es así y todo el mundo lo sabe, ¿por qué algunos políticos se empeñan en disfrazar, amplificar y, en definitiva, falsear sus currículums? ¿Por vanidad? ¿Por inseguridad? Aparte de los miserables y oportunistas posicionamientos de Pablo Casado y de Albert Rivera, la noticia de la dimisión de Carmen Montón como ministra de Sanidad me pareció rigorista e incluso injusta, pero necesaria e inevitable. Entre otras cosas porque, como ya recomendó Plutarco, a Menémaco, un joven de buena familia que quería ser político, para dedicarse a los asuntos públicos tienes que estar dispuesto a educar el propio carácter, “como si tuvieras que vivir siempre en un teatro abierto a los cuatro vientos”. Es aquello de la mujer del César, de quien se espera no sólo que sea honesta sino que también lo parezca. Desde esta perspectiva, la sospecha fundamentada de plagio, aunque fuera en un simple trabajo de máster, exigía la dimisión inmediata. Es lo que antes habían hecho Annette Schavan o Karl Theodor zu Guttenberg, ministros de gobiernos de Angela Merkel, en su día también acusados de plagio en sus respectivas tesis doctorales. Porque los políticos pueden tener o no formación, pero en ningún caso pueden ser poco honestos o poco ejemplares.

Por otra parte, la nómina de políticos sin estudios resulta inacabable. De hecho, muchos de los que han dejado mejor huella se han caracterizado por haber sido estudiantes malos y rebeldes, como es el caso de Churchill, por citar sólo el más famoso. Y al revés, muchos aparentemente dotados de una sólida formación habrán pasado a la his­toria como protagonistas de un montón de disparates. Sin ir más lejos, en Cata­lunya, por ejemplo, el president Montilla tuvo que gobernar con el recurrente sonsonete elitista que le recordaba que no tenía formación superior. A la vista de lo que ha pasado después en esta desdichada tierra, es evidente que las virtudes de moderación y prudencia del exalcalde de Cornellà se echaron mucho más de menos que su titulación o incluso que los pretendidos beneficios reportados por sus doctos y políglotas sucesores.

No es difícil entender por qué los políticos intentan embellecer los respectivos currículums. Más allá de la tentadora vanidad, es sabido que, para alcanzar el favor del pueblo, el gobernante necesita ser admirado. Lo que no tendría que olvidar nunca, sin embargo, es que este reconocimiento seguramente le llegará más por su capacidad de permanecer fiel a las propias convicciones o liderar políticas en favor del máximo bienestar y libertades que por estar dotado de este o aquel máster de vuelo gallináceo.

Además, tal como se demuestra en el mundo empresarial, la democratización del acceso a la ­universidad y la proliferación y comercialización de másters justamente han relativizado su valor hasta el punto de que hoy en los procesos de selección de personal, acreditada la titulación necesaria, a menudo se valoran más la creatividad y las ganas de aprender que esta o aquella titulación complementaria. Los perfiles de Steve Jobs, Bill Gates o Marc Zuckerberg confirman sin ambages el cambio de mentalidad de que hablamos. Aplicado a la política, los consejos de Plutarco a Menémaco resuenan hasta hoy: procura ser un hombre de hechos, uno pragmático y no un intelectual y, en segundo lugar, sé un buen orador, esto es, un líder capaz de justificar por qué se toman una decisiones y no otras. ¡Lo demás es ­ruido, vanidad o simple miedo a ser uno mismo!