Bloc

dimecres, 12 setembre 2018

Los puentes

A la gente nos gustan los puentes. Y eso que cargados de miedos y prejuicios, lamentablemente a lo largo de la vida tendemos a construir muchos más muros separadores que puentes que unan. Y eso que los puentes han resultado siempre infinitamente más evocadores de cosas buenas que los terraplenes. Son buena muestra los puentes de mar azul, que cantó el poeta para referirse a un Mediterráneo que se quería integrador; los puentes reconstruidos para simbolizar la reconciliación, como el de Mostar, en Bosnia o el montón de puentes que acaban siendo más queridos que el río que superan, como el de acero de Brooklyn, el de piedra de Girona o el colgante de Amposta. Reconozco que de entre los colaboradores que más aprecio, los ingenieros y arquitectos ocupan la primera posición. De estos profesionales siempre he admirado la ambición de pragmatismo y todavía más la capacidad sólo reservada a los dioses de armonizar utilidad y belleza, carne (quizás tendríamos que decir hormigón) y espíritu. He admirado a un montón de arquitectos e ingenieros que me son coetáneos, pero también he estudiado a muchos de los que fueron sus antecesores. De entre ellos, destaca Victoriano Muñoz Oms, al ingeniero que domesticó los ríos pirenaicos y dibujó el eje transversal, entre tantas otras cosas y a quien como conseller no dejé nunca de reivindicar. ¡Apreciaba la obra física pero sobre todo me deslumbraba la actitud vital inconformista! Como él mismo explicó en una entrevista el 1998, “…desde muy joven he sido una persona con una imaginación, para decirlo de alguna manera, atrevida. De hecho, siempre he creído que cualquier proyecto que una persona pueda idear es posible de llevarlo a cabo si trabaja de lo lindo; eso es lo que yo he hecho a lo largo de la vida”. Y es que infraestructuras puestas al servicio del progreso de la humanidad han acabado con el aislamiento de Suecia y Finlandia respecto a Europa, a través del puente de Oresun; o, como dicen socarronamente los ingleses, construcciones como la del e urotúnel han roto con el aislamiento europeo de Londres los días de tormenta. Antes, barandas de puentes románticos han servido de notarios de un amor que se quiere para siempre, en París, o de platós cinematográficos para James Bond, como el Golden Gate.

La noticia trágica del hundimiento del puente Morandi este mes de agosto, con 39 personas muertas y una veintena heridas de gravedad nos tendría que recordar, sin embargo, que la ambición humana tendría que ser correspondida siempre, con la planificación y el control responsables, así como con un no menos decidido espíritu conservacionista. Porque, nos guste o no, como encarna fatalmente el puente de Génova, los occidentales nos hemos hecho viejos y muchas ciudades e infraestructuras –también algunas de nuestras principales instituciones–, hoy muestran signos de manifiesta obsolescencia, ante la mirada atónita de las autoridades, de natural mucho más predispuestas a invertir en obra nueva que a prever tiempo y dinero para mantenimiento y reformas.

El puente Morandi fue construido por el ingeniero que le da nombre el año 1968, ahora hace justo 50 años y aunque durante décadas ha sido todo un símbolo para los genoveses hace tiempo que había llegado al final de su vida útil y que manifestaba graves problemas estructurales (grietas, pérdida de capacidad de carga…). El caso de este puente no es único ni exclusivo del ámbito de las infraestructuras sino que nos remite al debate sobre las consecuciones humanas y el reto de su sostenibilidad, material e intergeneracional. Durante demasiados años nos hemos deslumbrado con proyectos generadores de grandes beneficios materiales y morales para sus constructores pero hemos olvidado comprometernos con su mantenimiento, con la conservación de su utilidad y espíritu fundacionales. Ha pasado con el puente en Génova y seguramente nos pasa con las instituciones europeas y españolas.

Desde la admiración que siempre he sentido por las grandes obras; cómplice del orgullo con qué las franceses construyeron el segundo puente más alto del mundo, en Millau; o con que los españoles inauguraron el puente de la Pepa, en la bahía de Cádiz; o, aquí en Catalu­nya, admirado de las transformaciones sociales y económicas que han permitido túneles y puentes como los de Bracons o del Cadí y, todavía más, si cabe, agradecido con los fundadores de Europa y de la democracia donde hemos crecido y donde tenemos que poder seguir viviendo en paz y libertad, se hace necesario exigir a nuestros políticos que, conscientes de la madurez y grietas de nuestras viejas infraestructuras e instituciones, prioricen por fin su reforma, su conservación y mantenimiento, antes de emprender nuevas aventuras. Porque, al hacerlo, seguramente perderemos en orgullo colectivo y vistosidad pero ganaremos en libertad, seguridad y confort, que no es poca cosa. Desde este verano, el colapso del puente Morandi resultará el funesto recordatorio.