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dilluns, 23 juliol 2018

La necesaria trifurcación soberanista

Como pasó durante tanto tiempo en los Balcanes, llegamos a las vacaciones de verano con la impresión de que también en España los últimos tiempos han hecho más historia de la que podíamos digerir: colisión insólita entre gobiernos; detención y encarcelamiento de políticos catalanes; encarcelamiento de activistas, salida del presidente Puigdemont a Bélgica y, por si todo eso fuera poco, primera moción de censura con éxito en la historia reciente de España, con la salida de Rajoy, la implosión del hasta ahora partido alfa de la política española y el retorno del protagonismo político en el espacio socialista incluidos.

En estas circunstancias tan convulsas y cambiantes los liderazgos y hojas de ruta de unos y otros han saltado por los aires. Tendría que ser recordado por todo el mundo, sin embargo, que si no sabes dónde vas, todos los vientos te resultan desfavorables. Superada la etapa inmovilista y de confrontación abonada por los sectores más extremistas de Madrid y Barcelona, poco a poco arraiga entre la ciudadanía la convicción de que la so­lución finalmente volverá a pasar por el diálogo, la negociación y el acuerdo. Incluso el Financial Timesse ha referido estos días nuevamente a la cuestión catalana –quizás tendríamos que decir la cuestión española– haciendo un llamamiento a la recuperación de las iniciativas reformistas. En opinión del prestigioso rotativo inglés, vista la conflic­tividad y divisiones que la idea independentista causa en el seno de la propia sociedad catalana, el único camino transitable es profundizar en el aumento de la autonomía financiera de Catalunya, reforzar constitucionalmente el reconocimiento como nación y reformar el Senado para convertirlo en una verdadera Cámara de representación territorial. En términos similares se han pronunciado el Cercle d’Economia y tantos otros.

Con todo, a pesar de la proliferación de las voces solventes que reclaman diálogo y reformas y a pesar de los primeros movimientos (re)conciliadores que han protagonizado los Gobiernos de Sánchez y Torra, es un lugar común que el camino del pacto no será fácil. Hace demasiado tiempo que los moderados de los diversos partidos han perdido la voz en beneficio de los extremistas y que los partidos convencionales han perdido el control de la agenda en beneficio de nuevos movimientos decididos a entrar en la lucha política a través del encuadre de la ciudadanía, la movilización popular, la ocupación continuo de las calles y la superación de los partidos y las instituciones como marco de referencia para la participación democrática.

Así las cosas, y aparte de la mayor o menor proactividad que pueda ejercer el débil Gobierno Sánchez, pienso que en los próximos meses el espacio soberanista inevitablemente acabará trifurcándose y que es bueno que sea así. Como se está viendo, la primera y más vigorosa de las vías que se propondrán será la continuación de la hoja de ruta diseñada por la ANC y defendida por los CDR con el objetivo “de implementar la república” de forma unilateral y buscando la máxima confrontación posible. Para este planteamiento, la configuración de listas y programas políticos para los ayuntamientos y las diferencias ideológicas partidistas tendrán que poder ser superadas en beneficio de un único partido nacional al que se tendrán que supeditar todas las cuestiones que no tengan que ver directamente con la independencia. Esta es una propuesta radical, que si tiene que ser valorada seriamente tiene que explicar con honestidad los riesgos y sacrificios que piensa reclamar a quien se disponga a seguirla. Un segundo camino, insinuado más tímidamente por algunos de los cuadros más cualificados de ERC y del PDECat pero generador de no pocas suspicacias, pasará por renovar el compromiso con la idea independentista, pero, aprendiendo de los errores del pasado, priorizar el ampliar la base de su apoyo ciudadano, erradicando, en cualquier caso, ningún tipo de nueva iniciativa disruptiva unilateral que pueda generar nuevos enfrentamientos. Es tanto lo bueno que hemos construido entre todos como para ponerlo ahora en riesgo en nombre de un ideal, por noble y legítimo que sea.

Finalmente, creo que también será ine­vitable que entre los sectores más conciliadores, más tarde o más temprano aflore una propuesta política capaz de hacer com­patible el reconocimiento de Catalunya como nación y la mejora de su autogobierno, pero dentro del marco constitucional. Este es el proyecto de la España grande del cata­lanismo de Prat de la Riba, Cambó y del ­primer Pujol, o de la España nación de naciones que hoy parece que defiende Pedro Sánchez y que en su día defendía Maragall. Adherirse a la segunda o tercera de las soluciones pasará necesariamente por superar la virulenta ­judicialización de la política que estamos ­sufriendo y que hace el diálogo impracticable. La tercera de las vías, además, reclamará regenerar complicidades personales y romper el frentismo entre constitucionalistas y soberanistas. Clarificados los caminos, superados los eufemismos y relatos engañosos, la ciudadanía, especialmente la soberanista, tendrá que decidir, de verdad y responsablemente, sobre su futuro y el de sus hijos. ¡Ah! Y estar dispuesta a asumir las consecuencias.