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dimecres, 7 novembre 2018

Empatía

En su libro Memoria, publicado por Península en el 2002, T. Todorov explicaba el caso de Lila, una jovencita argelina detenida por el ejército francés, acusada de terrorismo, en pleno proceso de represión de la insurrección de Argelia, en 1957. Zurrada hasta la saciedad por la policía, finalmente uno de los médicos franceses que tuvieron que reconocerla empatizó con la detenida: “Pero pequeña mía, ¡si te han torturado!”. Más tarde el médico explicaría que en aquella adolescente detenida él pudo ver a su hija, que tenía la misma edad y carácter rebelde, y que de haber vivido en Argel y no en París, exactamente podía haber sido, también, una de las jóvenes insurrectas detenidas. Una vez humanizada la víctima, por razones de conciencia al médico del ejército ya le fue imposible contemporizar nuevamente con los torturadores, aunque estos fueran sus compatriotas. Porque la razón humana siempre es infinitamente más inci­siva que la razón de Estado. ­Como nos enseñó William Shakes­peare en boca de Shylock, los órganos, las dimensiones, los sentidos, los afectos y las pasiones desprenden siempre más humanidad que las grandes convicciones.

Un año después de los hechos de Octubre que acabaron con la fallida declaración de independencia en Catalunya, la historia de Lila me recuerda una de las virtudes más humanas que el conflicto que vivimos se ha llevado por delante: me refiero a la empatía, eso es, la capacidad de ponerse en la piel del otro y presuponerle parte de razón. Al grito amargo de “ni olvido ni perdón” vecinos de todas partes parecen resignados a no poder mirar adelante y a encarnar un dolor terrible, que les hace hervir la sangre. Por su parte, desde la tribuna del Congreso, el líder del primer partido de España sigue escupiendo odio y sectarismo en la cara de sus rivales, calificando de golpista al presidente Pedro Sánchez, exigiendo mayor represión contra Catalunya y que se envíe a los rebeldes al fondo del mar, por los siglos de los siglos. A pie de calle, en el terreno de los símbolos, unos vecinos exhiben lazos amarillos por afecto hacia los represaliados y miran con incomprensión a los que no los llevan; y al revés, muchos que consideran que los lazos comportan la acusación injusta que España no es un Estado de derecho contemplan ­incómodos el compromiso amarillo de sus vecinos. Aparentemente, nada de empatía. A ambos lados de las dos trincheras el proceso delirante de fanatización se ha abierto camino, implacable, estéril y despiadado. “¡A por ellos!”, gritaron algunos. “Porque ­esto no tiene marcha atrás”, ha sentenciado ­ Quim Torra.

Digo aparentemente, porque si estamos atentos a los detalles, lo cierto es que también algunas voces parecen incómodas con las posiciones monolíticas que nos han llevado hasta aquí. No me parece menor la reflexión de hace unos días de Rafael Catalá, cuando desde el programa de Jordi Évole admitió que, si fuera ahora, quizás habrían enviado un mensaje con un tono diferente, que ayudara a la distensión. Me dicen que tampoco Soraya Sáenz de Santamaría se siente especialmente orgullosa de la gestión de aquellos meses difíciles. En Catalunya, con políticos y activistas en la prisión, la reflexión autocrítica es más problemática, si cabe, que en el resto de España. Y a pesar de ello, a pesar de lo penoso de la situación en la que se encuentra, las palabras de Oriol Junqueras criticando la gesticulación y el ruido innecesarios o mostrándose partidario de ampliar el apoyo democrático a las ideas independentistas antes de emprender decisiones unilaterales resuenan con una autoridad moral reconocida en todos los rincones de la España cívica. Como lo hacen también los continuos llamamientos de los Jordis a defender un futuro sin renuncias pero ­inclusivo, siempre desde razonamientos pacíficos y radicalmente democráticos.

Acabo con dos referencias históricas. La primera, el discurso del rey Juan Carlos tres días más tarde del golpe del 23-F, recuperado por Carles Francino y donde, a pesar de los tiros y los tanques, el jefe del Estado supo invitar a todos los partidos “ a la reflexión y reconsideración de posiciones” que permitieran recuperar la concordia entre todos los españoles. La segunda, el discurso de Azaña, el 18 de julio de 1938, en el salón del Consell de Cent del Ayuntamiento de Barcelona. Para el presidente de la República, incluso en aquel momento agónico de la guerra, la paz, la piedad y el perdón eran posibles. De hecho, eran un imperativo moral. Para él, la verdadera base de la nacionalidad o del sentimiento patriótico no se encarnaban en esta o aquella razón ideológica o fidelidad religiosa sino en la constatación de que “todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo arroyo”. En sus sentidas palabras, Azaña podía hablar de piedad y de perdón, porque la fe en las propias convicciones no le impedía dejar ver en el otro a un hermano, una parte de su propia humanidad. Como hizo el rey Juan Carlos en 1981; o como hizo el médico francés con Lila el día que pudo dejar de verla como una terrible terrorista para reconocerla como lo que realmente era, una niña muy parecida a su hija.