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dimecres, 18 desembre 2019

El mundo de ayer

Me temo que las generaciones de hoy vivimos en un mundo que es de ayer. Y con gafas del siglo XX mirar hacia el futuro marea. Mientras las huelgas y manifestaciones se extienden por toda Francia, como hace pocos días sucedió en Catalunya, filósofos y economistas de todas partes constatan lo que cada vez resulta más evidente. En Occidente, hay todo un mundo de seguridades que se acaba y, lo que es peor, para desesperación de muchos ciudadanos de buena fe, no parece que este mundo decadente tenga ganas de darse por en­terado. Así, los que tendrían que promover las reformas necesarias para poder protagonizar un nuevo momento fundacional para las instituciones, así como la reconciliación entre estas y la opinión pública, eluden sus responsabilidades con evasivas reaccionarias que niegan la evidencia o, como Corbyn en Gran Bretaña , con recetas tronadas propias de los tiempos de María Castaña. Marcel Gauchet ha hablado de una ciudadanía francesa confusa, desarraigada e inquieta, que vive indignada e impotente el aumento de las desigualdades sociales y la pérdida de eficacia del hasta ahora Estado protector, en su recuerdo durante décadas omnipotente y garantía de cohesión. Daniel Cohen , por su parte, ha advertido que “estamos al final del ciclo liberal que empezaron Reagan y Thatcher y que prometía la prosperidad a base de flexibilidad”. En las páginas de este diario, hace pocos días el profesor Paul Collier recordaba que “el populismo es el enfado de comarcas contra la capital”. Todos estos análisis, de hecho, difieren muy poco en esencia del formulado por Antón Costas en su libro sobre la crisis, ¡donde ya nos advirtió que nos equivocaríamos si creyéramos que lo que pasó a partir del 2007 sólo escondía una crisis económica! En el 2007 se explicitó una crisis eco­nómica y financiera pero también antropológica (cambios tecnológicos, aceleración de los tiempos…) y cultural, con mutaciones en el papel de la religión, de la valoración del trabajo o la familia. Y finalmente, moral, porque especialmente a partir de los años ochenta, y todavía más a partir de la aceleración de la revolución digital, el hombre económico se ha impuesto por encima del hombre moral. Así las cosas, creo importante hacer dos consideraciones, la primera vinculada a lo que está pasando en Catalu­nya y la segunda a propósito de las soluciones que hay que emprender.

En primer lugar, lo que estos días pasa en Francia o que durante todo el 2019 ha ido sucediendo por todas partes ( Reino Unido, Chile, Turquía, Hong Kong…) guarda relación directa con el malestar que se vive en Catalunya. Porque aunque ciertamente, y errores catalanes aparte, el detonante de la crisis institucional y social catalana fue la sentencia del Tribunal Constitucional en contra del Estatut y el inmovilismo y la insensibilidad del presidente Rajoy ante las demandas catalanistas, la razón de fondo que explica la indignación de amplios sectores sociales, y especialmente el enfado de la gente de comarcas, es la constatación de que vivimos unos tiempos de capitalismo desbocado, donde los ricos cada vez son más ricos y donde las clases medias cada vez son más frágiles. Una época, además, en que la revolución digital ha concentrado ­cada vez más poder en menos personas, que a su vez residen en unas muy determinadas ciudades. Y es que así como la ciudadanía tiene la percepción de que su vida se precariza, este deterioro de la cohesión también ha tenido repercusiones en la geografía, donde las grandes ciudades, en este caso Barcelona, descapitalizan de talento las comarcas, progresivamente pauperizadas e incapaces de ofrecer oportunidades y estímulos a sus jóvenes.

Pero el futuro no está escrito y todos los elementos que invitan al pesimismo pueden tener, también, su dimensión de oportunidad. Salir de esta espiral autodestructiva reclama persistir en las cosas que hemos hecho bien (tener claro que más allá del Estado hay vida, que la iniciativa individual y social puede ser igualmente virtuosa para el bien común que la de la administración, que la economía de mercado, la globalización y la superación de los nacionalismos nos hacen mejor sociedad y mejores personas) y dejar atrás las tentaciones po­pulistas y tronadas que nos pueden hacer daño. Así, pienso que la derecha se equivoca si se empeña en aguantar y no hacer nada, convencida de que resistir es ganar. La izquierda, por su parte, también fallará si se acomoda en una agenda papanatas sobre cuestiones de género o del cambio climático que, no por importantes, no dejan de ser evasivas de los verdaderos problemas de fondo, que no son otros que la recuperación de la confianza ciudadana en las instituciones y el retorno de la economía a la gente.

 

En estas circunstancias, una sociedad abierta, liberal y emprendedora como la catalana puede tener ases en la manga. Si, como hemos visto estos días en el Parlament, en cambio, que las reformas que se emprenden son más burocracia y administración, más nacionalización de servicios y más impuestos para los profesionales liberales, estaremos jugando nuestras peores cartas. ¡Y después refunfuñaremos porque Madrid nos gana la mano!