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dimecres, 12 febrer 2020

El final de la anomalía

Aprendí de Miguel Delibes que es falso que con el tiempo el dolor se cure. Lo que ocurre es que con el tiempo nos acostumbramos a él. Lo que está pasando en Catalunya como mínimo desde el 2015 es lamentable, lamentable y triste, en el fondo inadmisible. En estas circunstancias, la ciudadanía se ha acostumbrado a vivir entre dos realidades paralelas, como si de Matrix se tratara: la vinculada a sus miedos y esperanzas cotidianas y la que relatan sus políticos, enzarzados en un mundo idealizado, autorreferencial y sectario, que poco tiene que ver con la realidad de las cosas. Poco a poco, sin apenas darnos cuenta, hemos asumido como buenas cosas que no tienen nada de normales, sino todo lo contrario, que resultan verdaderas anomalías, barrabasadas y excentricidades. Así, no es normal que en Catalu­nya el presidente de la Generalitat deje de ser un político que concurra a las elecciones con el propósito explícito de ser candidato y acabe siéndolo algún perfecto desconocido, elegido en un siniestro despacho, por opacos estrategas partidistas, de quien la opinión pública no conoce ni su nombre, ni sus intenciones. Menos normal es aún que se generalice la práctica de menospreciar los perfiles políticos cualificados formados en el seno de los partidos políticos, en beneficio de activistas o directamente agitadores sin trayectoria alguna como servidores públicos. Ni es normal, tampoco, que pasen los años y la Generalitat vaya administrando lo cotidiano sin presupuesto, sin una acción legislativa vinculada a lo concreto. Como es realmente anómalo que la legislatura en la que el presidente prometió implementar lo que debía ser una nueva república finalice porque lo único que se ha implementado ha sido una ingenua pancarta, en un balcón oficial, en periodo electoral, para más inri.

Algunos dirán que en el origen de tanta anomalía, despropósito y mediocridad está la desproporcionada represión del movimiento soberanista ejercida por parte del Estado, que ha dejado a los posconvergentes y republicanos descabezados y sin norte, con sus líderes naturales inhabilitados, en la cárcel o en el exilio y con sus seguidores desconcertados, heridos, hastiados de una España que no sienten como propia. Sin duda, los que así piensan tienen parte de razón. Pero esta triste situación no es excusa para cronificar un mal gobierno, cargado tan sólo de presuntas buenas intenciones, y al que únicamente la represión justifica continuamente su torpeza.

Justo cuando llega al final de su mandato, el president Torra ha tomado las dos primeras decisiones que son de mi agrado: convocar elecciones y mandar un proyecto de presupuestos al Parlament. Los socialistas han denunciado, con razón, que hubiera sido más honesto y políticamente correcto demorar el trámite presupuestario hasta la configuración de un nuevo gobierno, pues según y cómo vayan las elecciones, el ejecutivo entrante tendrá que asumir las cuentas del saliente. Aunque teóricamente su argumentación es impecable, vista la fragilidad e imprevisibilidad de la política catalana, personalmente creo que es más acertado ser pragmáticos y aplicar aquello del pájaro que vuela, a la cazuela. Hay demasiados temas importantes y bien reales que dependen de ello. Además, si gobernando en Catalunya ERC pero también (aunque a veces no lo parezca) los nacionalistas de derechas ya se suben los impuestos y se marginan iniciativas sociales privadas, no sé imaginar un vuelco significativo del presupuesto hacia criterios más izquierdistas si se produjera algún tipo de alternancia.

Admito que Torra también acierta convocando elecciones. He escrito hace meses que para resolver el conflicto catalán no hay alternativa al diálogo político y a su progresiva desjudicialización. Aunque poco leales a la presidencia de la Generalitat, socialistas y republicanos han sido valientes al apostar por ello, y no es justo que se afee a ERC su determinación negociadora o que se cuestionen sus convicciones independentistas. Aún resulta más disparatado insinuar poco patriotismo entre las filas socialistas, justamente llamadas a aplicar el extintor a los incendios causados por los presuntos salvapatrias españolistas. Pero para que el diálogo sea fructífero será necesaria mucha habilidad, valentía y empoderamiento político. Sánchez acaba de conseguirlo. JuntsxCat o ERC, que llevan meses exhibiendo discrepancias de criterio sobre cómo afrontar la resolución del conflicto catalán, deben ir también a buscar el refrendo ciudadano de sus respectivas estrategias, exhibiendo con transparencia proyectos y candidatos. Porque las propuestas importan y la solvencia del candidato que debe liderarlas, también.

Así las cosas, celebro la inminente convocatoria electoral en Catalunya y, llámenme ingenuo, el principio del final de tanta anomalía. Porque aunque nos hayamos acostumbrado al dolor del escarmiento, a la degradación de nuestras instituciones y de nuestro autogobierno… hay que reconocer que… ¡esto no es normal!