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dimecres, 21 novembre 2018

El estado desbocado…

Lo escribió John Stuart Mill en Sobre la libertad hace doscientos años y tenía razón: la acumulación de poder por parte del Estado lo transforma en un artefacto inmune a los mecanismos democráticos de control y reacio a la crítica. Eso es tan así que, como si de un nuevo Frankenstein se tratara, cuando consciente o inconscientemente se activan sus mecanismos coercitivos, recaudatorios o reguladores sus propios activadores pierden el control. Llega un momento, escribió Mill, que el aparato del Estado se convierte en un ente absolutamente fuera de control, que funciona con lógica propia. El economista londinense lo encarnaba en el zar de Rusia, máxima expresión del poder absoluto en su época. Signi­ficativamente, sin embargo, incluso “el propio zar no tiene ninguna fuerza ante la ins­titución burocrática. Puede enviar a cualquier burócrata a Siberia pero no puede gobernar sin ellos o en contra de su voluntad. Tienen un poder tácito para vetar todos sus decretos, simplemente por el medio de no hacerlos efectivos”. Lo que Mill personificaba en el zar vale, también, en nuestros días, para buena parte de las democracias occidentales.

Cómo si no se puede entender que en privado los principales dirigentes políticos de los grandes partidos lamenten y consideren desacertada la acción de la justicia en re­lación al proceso y que eso sea compatible con la pervivencia de las medidas punitivas que se están adoptando, a todas luces ­desproporcionadas y contraproducentes. ¡O que, en materia económica, los récords históricos de deuda pública del Estado sean compatibles con nuevas promesas de mejoras salariales y de más prestaciones! La brecha entre lo que nos pasa y lo que a la luz de la razón ilustrada parece que tendría que pasar es tan grande, que incluso entre la gente más sencilla aumenta la incredulidad y desconfianza hacia la administración, de nuevo sospechosa de tendenciosa y autorreferencial. Así, no nos tiene que extrañar que tal como constatan año tras año todos los ba­rómetros del CIS, incluso superada la recesión económica, siete de cada diez españoles confiesen estar poco o nada satisfechos con
el comportamiento de la democracia. De hecho, como ha señalado la Fundación Alternativas, desde el 2013 el porcentaje de insatisfacción de los españoles con el funcionamiento de las instituciones democráticas se sitúa claramente por encima de la media europea. Y eso que tampoco en Europa la confianza en la democracia parece pasar su mejor momento.

En este sentido, resulta es­pe­cial­mente inquietante la impermeabilidad y arrogancia creciente de algunas de las élites estatales, convencidas de que la convivencia y la concordia se pueden sostener indefinidamente por imperativo legal. O, hablando de economía, que democracia y crecimiento de las desigualdades son compatibles. La semana pasada, en un taxi, en Madrid, un conductor andaluz se vio en la necesidad de decirme qué pensaba: “¡El sistema ya sólo nos necesita a la hora de pagar, señor Vila! Vayan bien o mal las cosas, funcionarios y políticos creen que ellos van a cobrar igual”. Aplicado al proceso soberanista, la sentencia de aquel taxista sexagenario no me resultó menos chocante: “Lo que está pasando en Catalu­nya no tiene nombre. Que conste que yo creo que defender la independencia como lo han hecho es una locura, pero meterles en la cárcel por ello ¡no hay quien lo entienda! Meter en la cárcel a Junqueras, con la cara de bueno que tiene… ¡ni que fuera un asesino!”. ¿ Qué hace que la gente sencilla parezca dispuesta a encontrar la medida justa que permita separar el grano de la paja y contribuir a la regeneración de consensos y, en cambio, las élites creen poder permanecer insen­sibles a las consecuencias de sus decisiones, técnicamente seguro que justificadas, pero totalmente despojadas de sentido práctico y poder reconciliador?

En Catalunya, en el conjunto de España y en todo Occidente el momento es especialmente difícil. Joaquín Estefanía lo ha escrito con el tono apocalíptico propio de los que periódicamente (en los treinta, en los sesenta, en los setenta…) han ido augurando el fin del capitalismo: “Más pobres, más desiguales, más precarios, menos protegidos, más desconfiados, menos demócratas. Este es el devastador balance que queda después de años de gran recesión en buena parte del mundo, especialmente en el sur de Europa, laboratorio favorito de los experimentos ensayados con sus ciudadanos”. Exageraciones aparte, cuando las personas lúcidas nos señalan la luna haríamos bien el común de los mortales en no fijarnos únicamente en si su dedo acusador es deforme. La hora es lo suficientemente grave como para que las élites de este país se comprometan con caminos de reformas y resoluciones transitables y asumibles para todos, piensen como piensen. Porque la gente se lo reclama y porque el conjunto de los españoles no nos mere­cemos volver a caer en el lado equivocado de la historia. En la reconciliación y la concordia nos va la recuperación de las libertades, las seguridades y el progreso que, contra pro­nóstico, mi generación heredamos y que algunos creen que nos vienen dados, al margen de nuestros actos.