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dijous, 21 juny 2018

El bueno gobierno

Convencido de que el cielo en la tierra no existe y que, por lo tanto, nos guste o no todos tenemos que convivir con la grandeza y pequeñez de la condición humana, haríamos bien de no caer en la tentación de volver la espalda a los asuntos públicos y creer, como Groucho Marx, que la política es simplemente el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer la diagnosis falsa y aplicar los remedios equivocados. Lejos de este planteamiento socarrón, el hecho es que –a la fuerza ahorcan– si pretendemos poder llevar una buena vida, tenemos que prestar atención al gobierno de que nos dotamos y adoptar precauciones respecto a los que dicen aspirar a hacernos el bien.

Se atribuye al viejo Xabier Arzalluz la definición del buen gobierno como el resultante de la aplicación de la fórmula de los tres tercios. Para el político democristiano, el buen ejecutivo era aquel capaz de proveer una tercera parte de sus miembros de lo que podríamos llamar la cantera; de dotarse de un segundo tercio de tecnócratas o pragmáticos y, finalmente, de incorporar en un último tercio a las personas honorables, cuya simple presencia dignifica el gobierno y es generadora de seguridad y confianza. La misión teórica del grupo de elegidos de entre las filas del partido sería la de velar por las esencias del proyecto y actuar, por lo tanto, como guardianes del ideario partidista. Para ocupar esta posición ni la formación ni la experiencia profesional serían requisitos necesarios. Al contrario, las virtudes a reconocer guardarían relación con un acreditado sectarismo y la lealtad incondicional al líder. Un segundo tercio del gobierno tendría que estar formado, en cambio, por hombres y mujeres independientes, de marcado perfil técnico, que hubieran sobresalido en su carrera académica y/o profesional y que pudieran desarrollar una agenda sectorial con mínimas garantías. A este tipo de ejecutivos les estarían reservadas las carteras propiamente más técnicas: sanidad, educación, economía… mientras que las responsabilidades más políticas quedarían para los militantes o prohombres. Y este, el de los prohombres, es justamente el último de los tercios gubernamentales descritos por Arzalluz. Hombres y mujeres honorables, en muchos casos en el ocaso de las respectivas vidas profesionales y cívicas, de los cuales sólo se esperaría buen consejo y prestigio. Es aquello tan popular de creer que si una persona honesta forma parte de un colectivo, implícitamente lo avala y, en circunstancias extremas, seguro que además lo pondera. Desde esta perspectiva, el gobierno resultante combinaría armónicamente, idealismo y pragmatismo, juventud y experiencia, ambición y prudencia. Desde el punto de vista generacional, el primero de los tercios tendría que proveerse sobre todo de jóvenes leones, el segundo de ejecutivos y directivos maduros y el tercero de séniors, estos últimos ya sin otra ambición que la utilidad pública y sin más restricción que la protección de la propia honorabilidad.

La coincidencia en el tiempo de la configuración de los Gobiernos Torra y Sánchez permite el contraste entre los nombramientos y la fórmula que proponía Arzalluz. Más allá de la montaña de elogios superficiales que ha recibido el Ejecutivo socialista ( Mr., los gobiernos con más mujeres ministros de Europa…) y de las críticas viscerales que ha recibido el de Torra, el ejercicio permite formular algunas reflexiones que tendrían que ser tenidas en cuenta para la regeneración de los sistema que todos tan pregonan.

En primer lugar, parece una evidente muestra de calidad del ecosistema la capacidad de los líderes de captar nuevos políticos de entre lo que podríamos llamar “el mundo real”, dentro de la esfera de la actividad profesional, académica o del mundo local, más allá de las dinámicas de partido o funcionariales. Y al revés, es un indicador evidente de deterioro, que el único espacio de provisión de cargos sea el propio partido o la propia administración. Mirado así, pienso que al catalanismo político le tendría que preocupar que, en nuestros tiempos más recientes, sólo el primero de los gobiernos Mas haya tenido esta capacidad atractiva ( Mas-Colell, Fernández Bozal, Mena…). Desde la perspectiva general española, en cambio, es evidente que la capacidad integradora de nombres como Calviño, Delgado, Grande-Marlaska o Montero… ¡tienen que ser saludados con alegría!

En segundo lugar, equilibrio entre tercios. Sería igualmente perjudicial un gobierno elitista que cayera en la tentación de sobrevalorar la importancia de los méritos académicos o profesionales que uno populista con gente sin la capacitación adecuada para entender mínimamente la trascendencia de las decisiones a tomar, pero con muchos trienios de militancia sectaria. Sería igualmente nocivo un gobierno pragmático desvinculado de cualquier ideario que uno de hiperventilado pero seguidor de planteamientos oníricos. La ciudadanía aprecia políticos con principios, con valores e ideario, pero reclama también una mínima capacitación ejecutiva.

Dicho esto, recuerden que a mí, como a Wilde y Groucho, me gustan mucho más las personas que los principios, así que si estos criterios no funcionan tendremos que configurar otros. ¡ Porque tener un buen gobierno… importa!