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dimecres, 4 juliol 2018

¡Dichosos panglossianos!

“Oh, Pangloss, exclamó Cándido. –Jamás me hablaste de semejantes abominaciones, y por lo que veo y he visto son hechos concretos y verídicos. ¿Habré de renunciar a compartir tu optimismo? –¿Qué es el optimismo? Inquirió Cacambo. –No es sino el empeño de sostener que todo es magnífico cuando todo es pésimo, explicó Cándido”. Una simple y rápida ojeada a las informaciones que inundan a diario los editoriales de periódicos y de informativos de cualquier rincón del mundo resulta ciertamente más deprimente que el funeral de tercera de aquel que siempre quiso pasar por rico y resultó ser más pobre que Leonardo DiCaprio antes de empezar su carrera. Así, leo que Hungría ha suspendido el musical Billy Elliot porque considera que es una influencia gay para los niños. Convencido de ello, el Gobierno nacionalista húngaro ha lanzado una campaña advirtiendo que los jóvenes que vean el espectáculo corren el riesgo de convertirse en gais (sic). La misma semana, y a miles de kilómetros de Budapest, en la civilizada Nueva York, aparecieron de nuevo imágenes de niños enjaulados, separados de sus familias mientras aguardaban que se les asignara un destino en alguno de los centros de acogida diseminados por el país. Para vergüenza de la estatua de la Libertad, al parecer los niños confinados son nada más y nada menos que unos 12.000. A pesar de que muchos vivimos, como reza el famoso anuncio cervecero, mediterráneamente, tampoco las noticias en nuestro mar resultan mucho más digestibles. Un año más, cerca de mil personas han perdido ya la vida en el Mediterráneo, la más grande fosa humana del mundo, culpables simplemente de haber intentado poner los pies y sus sueños en la tierra prometida de las libertades y seguridad: sí, sí, me refiero a la vieja y timorata Europa. Por si todo ello fuera poco, en clave doméstica los españoles seguimos enzarzados en disputas y rivalidades nacionalistas que generan banderas para arriba y lazos para abajo, manifestaciones y contramanifestaciones aparentemente airadas, que en el fondo deberían ruborizarnos, aunque sólo fuera por comparación con los problemas realmente graves que hay en el mundo: que si el Rey debiera disculparse ante los catalanes, que si el procés fue una afrenta a España, blablablá…

Lo cierto es que nada sería tan imperdonable como caer en la tentación de enfermar de panglossianismo y convencernos, de nuevo, de que todos los efectos tienen su causa o, dicho de otro modo, resignarnos a creer que las cosas pasan porque tienen que pasar. Y que, en consecuencia, como le ocurrió al anabaptista Santiago cuando cayó al mar en las costas de Portugal allá por los tiempos de las Luces y nadie de los presentes acudió a socorrerle, también hoy creemos innecesario auxiliar a quien lo necesite. En opinión del filósofo Pangloss, la vida de Santiago no merecía ser salvada porque si moría en el mar, debía ser que la bahía se creó en su día para que el protestante hallara ahí su muerte. Los ciudadanos occidentales del 2018 no podemos resignarnos a creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles porque, aunque es rigurosamente cierto que vivimos en el mejor de los mundos que ha conocido la humanidad, no es menos cierto que estamos muy lejos de haber erradicado el dolor, la tiranía y la pobreza de la Tierra. En resumen, que si en España el Gobierno central y el autonómico de turno no saben dialogar y resolver conflictos, deben ser cambiados sin contemplaciones. Si Europa se tiñe de tecnócrata y, desal­mada, enfría su compromiso con lo que fueron sus valores fundacionales, ¡también debe ser cambiada! Si Hungría violenta los derechos civiles de la Unión, debe ser sancionada. Finalmente, si el presidente de Estados Unidos –la nación que en su día justificó su independencia para poder ser tierra de promisión y guardián de la libertad y la paz planetarias– ruboriza al mundo con su insensibilidad para con los emigrantes, debe de ser impugnado. Porque nada resulta ética y moralmente tan punible como que los ciudadanos demócratas contemplemos la injusticia ante nuestros ojos y contemporicemos con ella.

Por todo ello, a pesar de los pesares, me resisto a dejar de ser Cándido u optimista y a no comprometerme, hasta la saciedad, con el libre albedrío. Vivir en el mejor de los mundos posibles finalmente depende del compromiso de cada uno de nosotros con el bien común. Dicho esto, no me olvido de cómo acabó el entrañable personaje de Voltaire: “Lo que sé es que hay que cultivar nuestro jardín, le interrumpió Cándido. –Tenéis razón, reconoció Pangloss, porque cuando el hombre fue colocado en el Jardín del Edén fue puesto ut operaretur eum para trabajar. Prueba de que el hombre no ha nacido para el ocio. Pues trabajemos sin discusión, concluyó Martín. Es el único medio de hacer la vida tolerable”. Visto así, tan sólo puedo añadir, sin miedo a equivocarme, que las hortensias de mi jardín son las más hermosas y mejor cuidadas de mi pueblo.