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dimecres, 16 octubre 2019

Contra el fatalismo

Hace pocos días, el 2 de octubre, mi admirado Antoni Puigverd escribía desde las páginas de este mismo diario “La historia se desboca”, un artículo marcado por el pesimismo y, peor aún, por la fatalidad de quien presiente algo terrible y lo sufre como inevitable. Aunque como siempre su reflexión, audaz y letal como el más rápido de los espadachines, era razonada y razonable, por razones políticas e incluso filosóficas siento la necesidad de refutar su tesis de fondo, que no sus argumentos justificativos, que por separado me resultan incuestionables. Al hacerlo, soy plenamente consciente de la insolencia de mi propósito, pues más allá de la distancia sideral que nos separa intelectualmente hablando, resulta evidente que no corresponde a quien ha sido soldado militante en una guerra encharcada y llena de miserias replicar el análisis de quien lleva tiempo contemplando el fragor de la batalla, frío e imparcial, desde lo más alto de la colina, junto a las águilas. En su artículo, y para resumir, Puigverd escribió: “En octubre del 2019 asistiremos a episodios que, años después, seguramente recordaremos todos con tristeza. Ya no podemos evitarlo. La historia cabalga sobre un caballo desbocado”. No puedo estar más en desacuerdo, amigo Puigverd. En democracia la historia siempre cabalga según el dictado de sus ciudadanos y no sobre fuerzas que escapan a su control, al uso responsable de la razón.

Pues ciertamente, como escribió Stefan Zweig, existen momentos y personajes históricos y excepcionales que quizás puedan marcar el futuro para décadas e incluso siglos, para muchas generaciones. Hay momentos estelares de la humanidad en que “como en la punta de un pararrayos se concentra la electricidad de toda la atmósfera”, y en donde se acumula una enorme abundancia de acontecimientos que lo precipitan todo. Entonces, seguía Zweig, “lo que por lo general transcurre apaciblemente de modo sucesivo o sincrónico se comprime en ese único instante que todo lo determina y todo lo decide. Un único sí, un único no, un demasiado pronto o un demasiado tarde hacen que ese momento sea irrevocable para cientos de generaciones, determinando la vida de un solo individuo, la de un pueblo entero e incluso el destino de toda la humanidad”. Sí, efectivamente hay momentos, personajes y accidentes que marcan el devenir de los pueblos. Pero existe también el libre albedrío de los hombres, su capacidad para saber decir basta o para seguir adelante, para ­seguir ciegamente a su líder o para advertirle ­honestamente de que ¡hasta aquí hemos llegado!

Pues los hombres y mujeres que hoy marcan nuestro destino son justamente esto: hombres y mujeres de carne y hueso, con sueños y con miedos seguramente tan respetables y tan iguales como los del resto de los mortales. Llámense hoy Puigdemont, Torra, Sánchez o Tribunal Supremo, ninguno de ellos es el señor la Historia , pues aun reconociéndoles su importancia, más la tiene nuestro propio criterio, el que nos afirma en nuestra radical humanidad. Porque poner el futuro en manos de cada uno de nosotros y ejercer nuestra responsabilidad moral es lo propio de una democracia madura. Porque ante las llamadas a la subversión del orden, a la desobediencia o a la represión implacable de quienes las propugnan, los ciudadanos no podremos eludir responsabilidades ni achacarlas, en un futuro, a la locura o la ira de este o aquel líder desdichado. En Catalunya, lo que ocurra durante los próximos meses será única y exclusivamente la consecuencia de nuestro discernimiento autónomo entre lo correcto y lo inaceptable.

Escribió Céline que todo lo que es in­teresante pasa en la sombra, que en el fondo no sabemos nada de la verdadera his­toria de los hombres. Muchos años más tarde, reflexionando sobre el papel de la historia, Josep Fontana, otro de los grandes, advirtió que la misión de los histo­riadores era la de recuperar “caminos ­cortados –programas fracasados, derrotas y utopías– porque nada nos garantiza que lo que triunfó fue siempre lo mejor, lo que conducía en la dirección del futuro ­deseable”. Lo que ha pasado en Catalunya y en el conjunto de España durante el procés ha sido lamen­table, un verdadero desastre. Pero ha pa­sado esto y no otra cosa porque así lo ­hemos querido y así lo han defendido (ir)respon­sablemente algunos, en Barce­lona y en Madrid. Nada de lo que ha ocurrido estaba escrito de antemano y nada de lo que va a pasar forma parte de una historia pre­determinada, condenada a acabar de nuevo en despropósito. De­penderá única y exclusivamente de cada uno de nosotros hacer la crítica y la autocrítica oportunas sobre lo vivido y utilizar nuestra capacidad de análisis político y moral, como herramienta positiva para el futuro. Perso­nalmente, estoy esperanzado, porque como escribió Javier Cercas en el epígrafe a su Soldados de Salamina , “los dioses han ocultado lo que hace vivir a los hombres”. Que no es sino las ganas de vivir. Mirado así, ¿nos resignaremos a echarlo todo al traste?