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dimarts, 18 desembre 2018

¡Bienvenido, Mister Sánchez!

El año 1953 Luis García Berlanga presentaba su mordaz crítica costumbrista de la España de los años cincuenta con Bienvenido, una película que haría historia, desde su estreno ya en Cannes, aquel mismo año, hasta nuestros días. La descripción de las miserias de una época gris, en que la pobreza moral era incluso mayor que sus limitaciones materiales, era la metáfora perfecta para poner a la sociedad española delante del espejo, invitarla a desengañarse de falsos profetas y procurar ganarse el futuro confiando sobre todo en ella misma, rehuyendo los tópicos y la incultura.

El anuncio de la visita del presidente Sánchez y de su Consejo de Ministros a Barcelona el próximo viernes me parece una buena noticia. Pero no nos tendría que deslumbrar. Inicialmente concebida como una muestra de afecto hacia la sociedad catalana y en especial hacia la ciudad de Barcelona, la visita tenía que ser una aportación más a la política de distensión iniciada desde la llegada de los socialistas al Gobierno español. Sin embargo, la gravedad de la situación política que vivimos hace inevitable que cada iniciativa que se toma tenga sus ventajas y defensores pero también sus riesgos y ­detractores. Así, a nadie se le escapa que si el próximo viernes se convierte en un nuevo día negro en la historia de Catalunya, con autopistas cortadas y tensión en las calles; y con un Gobierno autonómico nuevamente incapaz de ejercer de forma responsable sus atribuciones, la legislatura española y en especial la apuesta de Pedro Sánchez podría quedar seriamente desacreditada durante mucho tiempo, como desean tantos en Madrid y en Barcelona.

Pero la gente centrada de este país no tendría que dejarse atrapar en dinámicas autodestructivas y tendría que ser lo bastante valiente como para tomar riesgos reconciliadores. Ciertamente, el vicepresidente Pere Aragonès ha acertado de nuevo cuando ha recordado que sólo con gestos no se resolverá el conflicto catalán. Y que pronto habrá que poder pasar de la política de la desinflamación a la intervención sanadora real. También ha exhibido sentido de Estado José Luis Rodríguez Zapatero, saliendo al paso de las críticas fanatizadas contra el Govern y combatiendo los miedos de los barones socialistas de las regiones tradicionalmente más anticatalanas. Pero para que las advertencias de Aragonès y de Zapatero sean plausibles hace falta que unos y otros contribuyamos con determinación a crear las condiciones que hagan posible el diálogo, con la discusión de una solución para Catalunya (o quizás tendríamos que decir para España), asumible por la mayoría.

A propósito de la conmemoración de los 40 años de la Constitución, Miquel Roca recordó que generosidad e inteligencia política aparte, la clave del éxito de aquel momento fue que unos y otros sabían que no se podían permitir el no acuerdo, que había que conjurarse para que todo acabara bien, tan bien como fuera posible. Por muy legítimas y antagónicas que sean las visiones políticas de independentistas y recentralizadores, lo que todos tendrían que tener claro es que tarde o temprano las negociaciones tendrán que iniciarse y que, por lo tanto, cronificar el conflicto no es una opción sensata. Para que todo ello sea posible se tiene que haber creado un clima que resulte inteligible a los ojos de la opinión pública hoy más sentimentalizada, haciendo notar que los españoles en conjunto y los catalanes en concreto no nos merecemos caer nuevamente en el lado equivocado de la historia. Evitarlo será cosa de todos, pero especialmente de los líderes políticos, que tendrán que poner fin de una vez a la dinámica miedosa de decir una cosa en privado y predicar otra bien distinta en público. Porque decir las cosas como realmente son a la ciudadanía no es señal de alevosía ni de debilidad, sino al contrario, un ejercicio de liderazgo valiente y responsable que si se hubiera ejercido desde el primer día nos habría ahorrado mucho dolor y lágrimas.

Erradiquemos de una vez, pues, la política de los gestos y de la inflamación emocional y recuperemos la lógica de la razón. Una razón que nos tiene que permitir renovar los sueños colectivos que tiene que recoger toda buena Constitución, y acotar muy fuerte los demonios que conserva su Código Penal. Lamentablemente, hace demasiados años que para muchos catalanes la Constitución no refleja sus sueños de libertades y progreso y, en cambio, el Código Penal sí les recuerda los miedos de unos tiempos que ya no son los nuestros y que ningún ciudadano civilizado entiende. Así pues, bienvenido a Barcelona, presidente Sánchez. Que conste que muchos esperamos muy poco de esta visita, pero que conste también que sabemos que si va bien, de esta vendrán otras. Y que de esas otras, finalmente, llegará una solución refundacional para España. ¡Ah! Y que el encuentro se celebre en Barcelona, la segunda ciudad del Estado, quizás indica un nuevo camino por explorar, más allá de la actualización del autogobierno: el de la apuesta por Barcelona, la octava ciudad más valorada del mundo y que en 1978 no vio reconocido ningún papel en el ordenamiento constitucional actual.