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dimecres, 27 febrer 2019

¿Banksy, genio o vándalo?

Desde primeros de diciembre y hasta el 10 de marzo, la obra del artista británico Banksy, uno de los máximos exponentes del street art contemporáneo, puede verse en una gran exposición, Banksy, genious or vandal?, promovida por Ifema, en Madrid. Como recuerda la organización, es la primera vez que el público español puede disfrutar de la obra de este artista-héroe anónimo e invisible, cuyo rostro ­todavía nadie ha visto nunca pero de quien ­todo el mundo habla. Defensor de los oprimidos y voz de los sin voz, Banksy es el astuto e infatigable grafitero de nuestro mundo global, verdadero remake posmoderno del Zorro de McCul­ley, que este año justamente celebra el centenario.

Antes de llegar a Madrid, más de medio millón de rusos pasaron por sus exposiciones en Moscú y San Petersburgo. Y a las puertas de la Navidad, la ­autodestrucción de una obra suya en Sotheby’s, justo cuando un coleccionista acababa de ofrecer más de un millón de ­libras para adquirirla, dejó ­boquiabierto a todo el establishment cultural presente en la sala. Como si de un verda­dero Robin Hood o Superman se ­tratara, Banksy se ríe hasta de su sombra, esquiva el re­conocimiento físico y pretende conseguir, únicamente, la estima por su obra, que quiere comprometida con el combate de las injusticias y siempre libre.

Las razones que llevan a Banksy al éxito
y reconocimiento de la crítica no son fáciles de averiguar. De hecho, como también ­explicó hace poco Ai Weiwei, él mismo ha admitido en más de una ocasión que no está seguro de que lo que hace pueda ser considerado un arte y menos aún que su obra haya de tener el interés comercial y mediático que está teniendo. De hecho, le resulta del todo indiferente. Guste o no, lo cierto es que hoy por hoy su huella puede ser reseguida en las principales capitales del mundo, desde Los Ángeles hasta Belén, pasando por Chiapas, Londres o Bristol, posiblemente, su ciudad natal. Banksy es, sin duda, el plantillista más conocido del planeta y uno de los abanderados de la cultura underground que todos los alcaldes mínimamente leídos querrían para alguna de sus medianeras y rincones ur­banos. Retratos de Steve Jobs en el campo de refugiados de Calais bajo el título Hijo, o de la niña de Los miserables, de Victor Hugo, llorando por la asfixia de los gases lacrimógenos de la policía son algunas de sus obras más recientes y conmovedoras, siempre impregnadas de sátiras políticas controvertidas, de caricatura de los poderosos y de humillaciones en toda regla a todo lo que huela a orden establecido.

Paradojas de los tiempos que nos tocan vivir, mientras Banksy ridiculiza a las auto­ridades y los galeristas y promotores cul­turales de la propia administración lo ­programan en sus recintos y salas de expo­siciones, Renfe ha denunciado que durante el 2018 ha tenido que gastar más de diez millones de euros en tareas de limpieza de sus trenes, que han sido víctimas de acciones vandálicas de jóvenes grafiteros, así como presupuestar más de quince millones para la limpieza y reparación en el interior de vagones y en las estaciones. Todo eso, aparte de los retrasos y cambios en la oferta de ser­vicios, que, según informa la propia com­pañía ferroviaria, el año pasado perjudicaron a más de dos millones de ciudadanos. En resumen, y para expresarlo en el argot ju­venil de los fans del arte de calle: mientras Banksy lo peta en exposiciones en equipamientos de la administración, esta misma persigue a los jóvenes que lo admiran y que, consecuentemente, lo imitan espray en mano. Es lo que tiene ser uno de los héroes de la cultura líquida posmoderna de hoy: que tu práctica puede ser considerada al mismo tiempo cool y reprobable, programada en una gran exposición del ayuntamiento y al mismo tiempo castigada con multas de entre 50 y 20.000 euros por la policía. Es lo que tiene nuestra época, cambiante e imprevisible como las vueltas de un tango, ahora arriba, ahora abajo. Ayer la policía intentaba detener a Banksy por vándalo, hoy detiene a quien intenta estropear su obra por genio.

Para algunos, como por ejemplo Mckenzie Wark, el catedrático neoyorquino que ha señalado a los hackers como la nueva clase social que nos defenderá de la privatización del cono­cimiento y que ha entronizado los videojuegos como máxima expresión cultural de nuestra época, estas paradojas son la confirmación inequívoca de que “esta civilización se ha acabado y ­todo el mundo lo sabe”. Como advertía la presentación de una exposición reciente ­sobre Després de la fi del món, en el CCCB, “artistas, filósofos, novelistas, arquitectos, diseñadores especulativos y científicos trabajan juntos para imaginar escenas, explicar historias y construir estrategias para so­brevivir al mundo que viene”. Quizás sí, o quizás, menos estresante y tremendista, su expresión libre en la esfera pública e incluso institucional es la confirmación de la robustez del sistema liberal democrático, capaz de favorecer e integrar la crítica y, si no está en manos de cínicos o burócratas comodones, dar las respuestas adecuadas. Uf, cómo me tienta aplicar las paradojas en torno a Banksy a las del procés.