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dissabte, 8 juny 2019

¿Ahora todos somos de izquierdas?

Mientras que el resultado de las elecciones europeas confirma el ascenso de las formaciones ecoliberales en buena parte de Europa, en Catalunya y el conjunto de España estos planteamientos no hay manera de que germinen. En el abanico de ofertas políticas disponibles es imposible encontrar a un candidato nítidamente progresista, liberal y con verdadera sensibilidad ambiental. Debe de ser que, pudiendo entretenerse comprobando quién tiene la bandera o la pancarta más grande, no compensa vincular la propia agenda política a la gestión de lo concreto y de los temas realmente trascendentes, esto es, la demografía, la sostenibilidad o la lucha contra la pérdida de las ­seguridades individuales y sociales propias del siglo XX. Poco importan las advertencias del Cercle d’ Economia a Torra sobre la pérdida de peso económico pero también de influencia de Catalunya, entretenidos como estamos en acreditar quién es más republicano y patriota. Como quedan también a beneficio de inventario los lamentables tics populistas contra el primero de los empresarios españoles, Amancio Ortega, culpable de ejercer una eficaz responsabilidad social corporativa en toda la cadena de valor de la propia compañía y en el entorno social en el que actúa, en este caso dotando de equipamientos sanitarios a buena parte de los hospitales públicos españoles. Desde como mínimo los tiempos de la recesión económica, vivimos instalados en un populismo izquierdoso que, de hecho, no hace sino comprometer las perspectivas de libertades y progreso ciudadanos, a base de difundir incansablemente una retórica igualitarista, paternalista e intrusiva del todo extraña al país creativo y meritocrático de los capitanes de industria que un día fuimos.

En el terreno de la moral, la demonización política de las empresas y más aún de los empresarios de éxito es continua. De hecho, en el lenguaje político es frecuente que la figura del empresario en el mejor de los casos sea descrita como la del emprendedor, fórmula eufemística para no llamar a las cosas por su nombre y evitar situar el verdadero motor de riqueza allí donde reside: en la empresa y no en la Administración. La situación, triste en toda España, lo es doblemente en Catalunya, donde históricamente habíamos fiado el ­progreso personal y colectivo a la fuerza del mismo tejido empresarial y a su capacidad de crear riqueza y repartirla con criterios de equidad. Si alguna sociedad se había dis­tinguido por su antiestatismo, esta era la catalana, una comunidad de profesionales liberales, de empresarios y trabajadores que hasta cuando miraba a la izquierda, lo hacía desde posiciones liberales o incluso libertarias, pero nunca intervencionistas y miedosas como ahora.

Lejos de reforzar este modelo de sociedad, el espacio liberal progresista en España y en Catalunya se ha desdibujado. No es improbable que, en Madrid, Gabilondo perdiera la anhelada mayoría en la Comunidad por haber salido a competir a la desesperada sobre quién subiría más impuestos a los ricos. En Catalunya, una de las comunidades con más presión fiscal del conjunto del Estado, al inicio de la legislatura, cuando los independentistas de derechas y de izquierdas simularon que se ponían a hacer lo que se espera que haga un gobierno, esto es, dotarse de un presupuesto, ambos partidos especularon sin rubor con la posibilidad de nuevos incrementos fiscales en los tramos autonómicos del IRPF o con la incorporación de otras figuras tributarias igualmente lesivas para la gente. Ahora hace pocas semanas, en plena campaña de las elecciones municipales, dos departamentos de la Generalitat compitieron por ver quién alteraba más y peor el mercado del alquiler de viviendas en Catalunya. Deprimente.

El problema es de marco mental. Un progresismo mal entendido ha asumido acríticamente viejos prejuicios que en los noventa parecía que habían quedado definitivamente atrás. Los ejemplos, que llegan a la saciedad, confirman que en España, como siempre, no hay liberales. Todavía recuerdo la emoción con que hace siete u ocho años subí por primera vez a un Uber, en Nueva York. ¡Eso lo quiero para mi ciudad, Barcelona!, pensé inmediatamente. Lamentablemente, el Govern actual no ha parado hasta cargarse Uber y Cabify, haciendo seguidismo de unos planteamientos tronados, equiparables a que en su momento hubiéramos pretendido prohibir el e-mail para proteger los puestos de trabajo de Correos. El seguidismo de estos últimos años de JxCat de las políticas izquierdosas ha dado pavor, como lo da, también, el abandono de Ciudadanos de sus planteamientos teóricamente liberales, obsesionados como están en sustituir al PP, no con más modernidad, ecologismo y liberalismo, sino a golpe de bandera y proclama anticatalanista.

Para acabar, y por si puede resultar ins­pirador, un libro: El , la biografía de Jordi Mercader, ­junto con Pere Duran i Farell, uno de los úl­timos burgueses importantes de Catalunya, un perfeccionista que se ha movido siempre ­entre la ciencia y el humanismo, entre el mundo de la empresa y el compromiso con el bien común. ¡Cómo nos conviene su lectura y su ejemplo!