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dimecres, 13 febrer 2019

12 de febrero: ¿me quedo contigo?

Según dice el refrán, lo único que hay por encima de Madrid es el cielo. Y el cielo, ayer 12 de febrero del 2019, se vistió de gris y de tristeza, justiciero. Como tantas otras veces, ayer yo podía haber venido a Madrid a sacar a la Cibeles a bailar o a buscar la caricia esquiva del sol de invierno cerveceando con amigos por el Florida, en el Retiro. Podía haber venido a Madrid a una función del Real, hoy reinventado como abanderado de la innovación y el riesgo artísticos, o simplemente haber vuelto para ir de tapeo por Ponzano o de moderneo por Jorge Juan. De haberlo hecho, me habría acompañado de amigos de aquí o de fuera, para los que aquello que escribió Gil de Biedma en 1962 sobre que “de todas las historias de la Historia, sin duda la más triste es la de España, porque termina mal” es ya simplemente eso, una historia más, de las historias de la historia. De haber venido a Madrid motu proprio, mis conversaciones no hubieran sido tristes ni decadentistas, sino que hubieran versado sobre la cara limpia de la Julia de Plensa, sobre la paradójica exposición de Banksy en Ifema o sobre la rotunda emoción que sentimos todos con Rosalía y su interpretación del Me quedo contigo, en la última edición de los Goya.

Pero ayer, 12 de febrero del 2019, otros políticos y activistas catalanes y yo vinimos a Madrid acusados de haber cometido delitos muy graves, de rebelión los unos, de malversación y desobediencia los otros. El respeto al Tribunal Supremo, a los demás acusados y a sus estrategias de defensa me impone discreción y prudencia en este artículo. Porque, llegados a este punto, las explicaciones exculpatorias e incriminatorias de unos y otros deberán ser esgrimidas ante el tribunal, no en una hoja de periódico o en una tertulia televisiva. Pero aun siendo así las cosas, a nadie escapa la excepcionalidad de la situación que vivimos, tan impropia de una (nuestra) democracia madura.

Porque este país que hizo de su transición a la democracia y de su Constitución de 1978 un ejemplo para los que siempre han sido más partidarios de la reconciliación y el consenso que de las grandes victorias y el escarnio, cuarenta años más tarde parece resignado a volver a errar en su camino y conceder nuevo protagonismo a los diablos que tanto nos atormentaron en el pasado. Como si unos y otros hubiéramos enfermado de amnesia o revanchismo, parecemos dispuestos a creer de nuevo más en la imposición que en la transacción; en el imperativo legal, que en la duda filosófica; en el castigo y el enfrentamiento, que en el diálogo, la piedad y el perdón.

Rosalía emocionó al público congregado en los Goya revisitando el Me quedo contigo, un clásico de los Chunguitos,
que yo oí por primera vez en la película quinqui de Carlos Saura, retrato de una España por aquel entonces todavía gris y sin esperanza para los jóvenes de barrio. Pero la versión de hoy de Rosalía ya no tuvo nada del gris ni de la tristeza propias de los ochenta; al contrario, fue todo color y vida. En las 24 horas que siguieron a la gala, el YouTube oficial de RTVE recibió más de un millón y medio de visitas, acreditación de una nueva sensibilidad ciudadana, que ya nada tiene que ver con la ­rudeza de aquellos años tristes. Acompañada del Cor Jove del Orfeó Català, la catalana interpeló con su voz a lo mejor de nosotros mismos, hurgando en lo popu­lachero y antiguo de nuestro pasado para recordarnos (por si lo habíamos olvidado) en quién nos hemos convertido: ¡en una historia de éxito! Pienso honestamente que también España, como Rosalía, ha ganado el desafío de la modernidad. Pero para que su éxito se proyecte en adelante como ha hecho en su pasado reciente es obvio que debe regenerar los consensos básicos en torno a un proyecto y unos valores compartidos por todos los ciudadanos, los que se encar­naron en los mejores hombres de las Cortes de Cádiz y en los padres de la Constitución de 1978. Estos consensos, seamos claros, hoy se han roto, y no es justo pedir a la justicia que sea ella quien los restaure. Bastará con que, con sus decisiones, el tribunal forme parte de la solución y no del agravio del problema. Porque pedir al Supremo que resuelva el problema catalán es como pedir al mejor de los traumatólogos que opere una ortodoncia. Ni es su misión, ni, como se ha visto hasta la fecha, dispone del utillaje adecuado para llevarla a cabo.

En los meses que vienen por delante, el tribunal llevará a cabo su cometido y los acusados nos aferraremos honestamente a acreditar nuestra inocencia. Mientras tanto, sería bueno que los políticos resintonizaran con la sociedad que ha hecho po­sible las Rosalía, los Ponzano y Jorge Juan y no cesaran en su empeño en sembrar nuevas semillas de reconciliación, libertades y progreso para todos. De ello depende que el día de ayer pase a ser una nueva fecha infausta en la historia de España o un momento (re)fundacional, en donde todos hayamos podido corear, libremente, sin complejos ¡que me quedo contigo!